El lugar de la explosión fue a babor, colindante con el polvorín de las granadas de 152 mm y muy cerca de las dependencias de la marinería, que en ese momento iniciaba su descanso.
La explosión fue de tal calibre que el barco quedó hecho un amasijo de hierros y 252 hombres murieron instantáneamente. Muy pocos se salvaron, la cifra final de víctimas ascendió a 260 hombres: 230 marineros, 28 marines y dos oficiales. Se salvaron el capitán Sigsbee, y casi noventa oficiales que se encontraban en un baile ofrecido por el Gobernador español. Por tanto, no estaban a bordo en el momento de la explosión, al igual que todos los gerentes y directores de las 28 empresas multinacionales que operaban en el World Trade Center quienes, ¡Ese día se quedaron dormidos, y no fueron a trabajar!.
Aunque la primera impresión en Cuba fue que la explosión se debió a un accidente fortuito,
la prensa amarilla señaló ya el día 16 de febrero que el motivo fue una mina submarina “obra del enemigo” (The New York Journal). Fue el pretexto que necesitaban y utilizaron los intervencionistas para precipitar la guerra contra España. Las investigaciones sobre las causas del desastre se rodearon de total reserva por parte de Estados Unidos, que dificultó la labor de los expertos españoles y se negó a formar una comisión conjunta. La teoría de que una mina, esto es, una “causa externa”, hundió el
Maine se impuso con el paso de las semanas, a pesar de que en principio muy pocos estadounidenses daban a esta versión más credibilidad que a otras noticias de los periódicos sensacionalistas. Para ello fue fundamental el testimonio del capitán Sigsbee, que aseguró que una gabarra dejó caer una mina al pasar junto al acorazado y luego la detonó mediante un cable eléctrico.
La comisión española, que contó con la inspección de tres buzos, llegó a la conclusión de que la explosión fue debida a un accidente en el interior del barco (“causa interna”), pero de poco sirvió porque el presidente William McKinley aprobó el 20 de abril una propuesta del Congreso en la que se exigía la inmediata retirada española de Cuba.
Las tropas norteamericanas desembarcaron meses después en la isla al grito de “¡Recordad el Maine!”. Cuando los norteamericanos invadieron Afganistán gritaban: “¡Recuerden las Torres Gemelas!”.
Las ambiciones económicas e imperialistas de Estados Unidos, centradas en el intento de controlar la ruta comercial del mar Caribe, así como la producción azucarera de la isla, estaban ampliamente avaladas por el
New York World, dirigido por
Joseph Pulitzer, y el
New York Journal, dirigido por
William Randolph Hearst. La presión de la opinión pública, que reclamaba una intervención en favor de Cuba, consiguió apoyo en el Congreso de Estados Unidos, pero tanto el presidente Stephen Grover Cleveland como su sucesor, William McKinley, durante su primer año de mandato, se negaron rotundamente a emprender ninguna acción. Era necesario un fuerte pretexto para invadir la isla.
Cuando estalló el Maine, los informes oficiales estadounidenses emitidos ese año y en 1911 apuntaron hacia una acción de sabotaje, y a raíz de este incidente, se orquestó una intencionada campaña contra la presencia española. El senador Redfield Proctor pronunció un discurso en el Senado en marzo de 1898 en el que describió las inhumanas condiciones de vida que había presenciado en Cuba. El 20 de abril, el presidente McKinley aprobó una propuesta del Congreso en la que se exigía la inmediata retirada española de Cuba.
El gobierno español rompió relaciones diplomáticas con ese país el 21 de abril, después de haber rechazado un intento de compra de Cuba por parte estadounidense. La respuesta no se hizo esperar y Estados Unidos declaró la guerra a España cuatro días más tarde. Las siguientes resoluciones del Congreso estadounidense afirmaron la independencia de Cuba y aseguraron que Estados Unidos no actuaba movido por intereses imperialistas. ¡Igual que en Afganistán e Irak, sólo lo hacen por razones humanitarias!.
El notorio desequilibrio, tanto numérico como cualitativo, existente entre los respectivos ejércitos y armadas estadounidenses y españolas, favorable en ambos casos a los primeros, no tardó en dejar sentir sus consecuencias en los escenarios bélicos. La flota española fondeada en la bahía de Manila (Filipinas), al frente de la cual se hallaba el almirante
Patricio Montojo, fue atacada y destruida por las naves comandadas por el capitán de fragata George Dewey el 1 de mayo de 1898, en la batalla de Cavite. El 1 de julio se inició el combate de Santiago de Cuba, cuando las tropas estadounidenses atravesaron las defensas exteriores de esta ciudad. El 3 de julio, la escuadra española dirigida por el almirante
Pascual Cervera fue hundida cuando intentaba atravesar el bloqueo estadounidense del puerto de Santiago. La ciudad se rindió, dos semanas más tarde, a las fuerzas de Estados Unidos encabezadas por el general William Rufus Shafter. Las tropas del general Nelson Miles ocuparon Puerto Rico y el gobierno español solicitó el armisticio a Estados Unidos el 18 de julio. Finalmente, España capituló en el mes de agosto.
Según los términos del Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, España, renunció a sus derechos sobre Cuba, hubo de abandonar su antigua colonia y cedió la soberanía de Puerto Rico y la isla de Guam (en las actuales islas Marianas) a Estados Unidos, que también adquirió Filipinas por la cantidad de 20 millones de dólares. Esta guerra significó el surgimiento de Estados Unidos como potencia mundial, dotada de sus propias colonias en ultramar y de un papel que desempeñar en la política europea. Todo gracias a un infame autoatentado.
Reflotan el acorazado norteamericano
Los restos del Maine —un amasijo de hierros retorcidos que emergía del agua— constituyeron durante años uno de los atractivos turísticos de La Habana. Presentaban, sin embargo, problemas para la navegación y había interés por recuperar los cadáveres que aún pudieran quedar dentro, por lo que en 1911, bajo la presidencia de William Howard Taft, se decidió reflotar el Maine. Una nueva comisión examinó los restos y reafirmó la teoría de la causa externa, aunque varió el lugar de la explosión. El palo mayor fue enviado al cementerio de Arlington (Washington), en el que descansan los héroes estadounidenses, y lo que quedaba del casco, para que no fuera investigado en el futuro, fue hundido en una profunda fosa de 800 metros a cuatro millas de la bocana del puerto de La Habana.
Aparentemente, el Maine había bajado a su tumba definitiva, pero, las investigaciones realizadas en 1969 (que vieron la luz en 1976 y fueron conocidas bajo el nombre de ‘informe Rickover’) demostraron que la explosión había sido provocada por una caldera averiada. El almirante Hyman Rickover, jefe de la flota de submarinos nucleares estadounidense, elaboró su informe con los datos oficiales recabados tanto en 1898 como en 1911 analizando más de 500 fotografías que se tomaron en su momento y testimonios de muchas personas que pudieron examinar los restos reflotados. Llegó a la conclusión de que la causa de la explosión fue el calor producido por el fuego de una carbonera próxima al pañol de reserva. España obtenía así la razón, siquiera moral, en el conflicto y se ponía término a las muy diversas versiones de lo sucedido. Sin embargo, mientras para España el caso quedó cerrado en 1976, la postura oficial estadounidense señala que el estudio de Rickover no es más que una teoría y que la causa de la explosión sigue siendo un “misterio”. La verdad sobre el incidente que justificó la guerra entre los dos países descansa en una profunda sima en el fondo del mar.